El viajero que llega a tierras
venezolanas con su bagaje de castellano «oficial», está expuesto a más de una
sorpresa. Su automóvil pasa a la humilde categoría de carro, y si eso puede
molestarle, se consolará cuando al reventársele una tripa no tenga que recurrir
al médico —trance siempre peligroso—, sino a su tripa de repuesto, o a un
parcho (o palcho). Por los caminos le sucederá que, sin ser faquir, tenga de
cuando en cuando que comerse una flecha, o sea marchar a contramano. Si lleva
consigo a una señora, ella podrá tener ansias, pero no hay que hacerse
ilusiones, porque en seguida dará pruebas evidentes de náuseas. Puede algún
colega exigirle que le preste el gato; no hay que creer que ese exigir sea
prepotencia, porque no es nada más que rogar, y en seguida tendrá la prueba
porque, agradecido ante su amabilidad, lo invitará a pegarse unos palos en un
botiquín. No es para alarmarse: es una invitación muy simpática a tomarse unos
tragos en una taberna o bar.
Y si no es usted automovilista, si es
usted señora de su casa y tiene que ir al mercado, sus tribulaciones pueden ser
muy serias. Para obtener su carne tendrá que recurrir a la pesa y al pesero, o
pesador, porque eso de carnicería y carnicero parece excesiva crudeza. Verá que
el apio no es apio, sino un tubérculo indígena, y si se empeña en conseguir
apio para aromatizar, con perejil, sus sopas, tendrá que recurrir a sus
reservas de francés o de inglés y pedir celerí. Si quiere habas o porotos (es
el nombre quechua, extendido hasta la Argentina), tendrá que conformarse
con las caraotas negras, que dan uno de los platos criollos más deliciosos. Y
si quiere calabaza tendrá que pedir aullama («en el monte aúlla, y en la casa
llama», adivina adivinador). Y le ofrecerán además la yuca, el ocumo y el ñame,
para que pueda preparar el sabroso sancocho venezolano, temible rival del
puchero argentino y del cocido español.
Pero sus tribulaciones reales
comenzarán en el momento de pagar. No porque los precios le parecerán una
horrenda prueba de xenofobia (más bien lo son de antropofobia, y también de
misoginia), sino porque se perderá usted haciendo cuentas, de bolívares,
bolívares fuertes, soberanos, bolos, bolívares y palos o fuertes. Si por una piña
le piden a usted 25 monos, no se entusiasme; eso equivale a dos mil quinientos
bolívares, porque un mono son cien bolívares. Siempre que vaya a comprar, el
procedimiento más recomendable es entregar la cartera al vendedor. Si le da
algo de vuelta, dése usted por contento. Si no, no se olvide de reclamar por lo
menos la cartera.
Y aunque no sea usted automovilista
ni dueña de casa, siempre se llevará sus sorpresas. Cuando le presenten dos
morochas debe usted saber que son dos hermanas gemelas, aunque sean rubísimas
(en la Argentina serían «dos morenas»). Es frecuente que un hombre le
diga: «¡Hay que amarrarse los calzones!» antes de emprender una acción que
requiera toda la hombría, y olvide que los calzones son en otras tierras prenda
exclusivamente femenina. Eso sí, cuídese usted de la mamadera de gallo, que
también se llama aquí tomadera de pelo, porque el venezolano es temible mamador
de gallo y delira por la guachafita. No se deje engañar por eso de las
estaciones del año. Hay solo dos, pero el invierno se caracteriza por ser más
caluroso que el verano. En compensación, le da por llover más: el invierno está
muy recio le dirán porque es una temporada muy lluviosa, o que está cayendo un
invierno bravo, o un palo de agua, lo cual equivale a un chaparrón. Si le dicen
voltee la esquina, no quieren decirle que la derribe, sino que la doble usted.
Y procure que no le coloquen en el camino una concha de mango, porque se irá
indefectiblemente de bruces, como cuando le colocan a uno una cáscara de banana
o de plátano, y es cosa que aquí hacen a veces —o hacemos a veces los profesores
amargos en los exámenes con los inocentes alumnos, o las agraciadas venezolanas
con los siempre incautos pretendientes para hacerlos caer en las dulces redes
del matrimonio.
El turista, ¡pobre!, se llevará a
cada rato las manos a la cabeza. Tendrá una impresión extraña. Con todo, será
una impresión falsa. Como las impresiones de todo turista. Hay una greguería
del gran Ramón Gómez de la Serna, algo enigmática: «Dormía —dice— con la
boca abierta, como si fuese un turista de los sueños.» ¿Y por qué un turista de
los sueños tiene que dormir con la boca abierta? Seguramente porque un turista
es por naturaleza un boca abierta, un hombre que anda por el mundo con la boca
abierta.
La visión del turista es pintoresca,
pero siempre superficial. Una guía del turismo lingüístico podría reunir varios
centenares de expresiones que en otras partes se entenderían de manera distinta
y hasta cómica, y muchas que en otros países son inocentes y aquí se han vuelto
tabú (o viceversa). Pero lo mismo pasa con cualquier región del castellano; y
si se quiere, del inglés o del francés. Por debajo del pintoresquismo
superficial hay una profunda unidad de lengua española. Venezuela, todos los
países hispánicos de América y España hablan una sola y misma lengua, aunque
dentro de esa gran unidad, cada país, cada región, cada pueblo, y hasta cada
individuo, tiene su propia fisonomía, sus propios matices. Venezuela tiene
estilo lingüístico peculiar dentro de la gran unidad de la lengua española.
¿Cómo se explican las diferencias con
otras regiones? En primer lugar, por la influencia indígena. Cada región
americana tiene sus propios nombres para la flora y la fauna, porque sus
árboles, sus flores, sus frutos, sus pájaros, constituyen su nota más original
y característica. Muchas de las designaciones venezolanas son también
antillanas, bien porque proceden de los indios arahuacos y caribes, comunes a
Venezuela y las Antillas, o porque las trajo el conquistador español, que pasó
en las Antillas su primera etapa de aclimatación americana, o porque pasaron de
Venezuela a las Antillas en los cuatro siglos de contacto. Por ejemplo, yuca,
cazabe, arepa, cabuya, caoba, bucare, caimito, anón, guanábana, guayaba,
maguey, mamey, merey, guamo, guácimo, ceiba, totuma, papaya, mangle, sabana,
comején, iguana, nigua, jején, cocuyo, acure, guabina, carite, caimán, tiburón,
colibrí, morrocoy, guacamaya y muchas más. Y hasta hay una voz indígena de
Venezuela que ha tenido rara y brillante fortuna por el mundo: butaca, de los
indios cumanagotos. Y otra, que no es indígena: el arrastracueros venezolano,
que ha circulado por Europa y ha vuelto a América transfigurado en el
rastaquouère francés.
Además, las distintas regiones de
Venezuela se diferencian bastante entre ellas. Caracas (y todo el Centro) se caracteriza
por el papelón (grandes conos de azúcar sin refinar), los Andes por la panela
(panes cuadrilongos del mismo azúcar). En Caracas la banana se llama cambur (en
cambio el plátano es una variedad que se come asada, frita o sancochada), y en
Los Andes guinea. El cambur se puede considerar la fruta nacional, no solo por
la cantidad de platos en que entra o por la veintena de variedades que ofrece,
con nombres pintorescos (topocho, locho, pineo, cuyaco, titiaro, dominico,
manzano, morado, negro, roso, mataburro, rabo de mula, jartón, zumbi, etc.),
sino porque tener un cambur (un puesto público) es ideal legítimo de todo
ciudadano, y hasta varios cambures, lo cual ya es encamburarse muy seriamente
(lo mismo que en España enchufarse). Y así como es muy agradable tener un buen
cambur, es horrendo que lo descamburen a uno, lo cual es perder el cambur, o
que le corten el cambur.
Otra fruta diferenciadora de los
venezolanos es el aguacate (el nombre es mejicano; en los países del Sur,
palta, de origen peruano); en Los Andes se llama cura (de los antiguos
muiscas). Y se cuenta de un pobre campesino que había perdido su mula y
preguntaba desconsoladamente a todo el mundo: «Ore, pares, ¿usted no ha visto
una mula cargada de cures verdes, la santa cruz matada y el gobernador de ña
rastra?». La cruz matada es el lomo llagado, y el gobernador es el cabestro.
Las distintas regiones de Venezuela
se diferencian además por la pronunciación y por la morfología. En líneas muy
generales se puede hablar de dos regiones: las tierras altas y las tierras
bajas.
Las tierras bajas de Venezuela
(Caracas, con todo el Centro; la Costa, desde Maracaibo hasta Oriente; los
Llanos y Guayana) relajan las consonantes: aspiran o se comen las eses (loj
hombrej, laj ocho, lo fósforo, etc.), debilitan o pierden la d intervocálica
(toíto, venío, una bofetá, etc.), pierden la r final (voy a comé, etc.),
confunden r y l (señol, sordao, etc.), pronuncian débil y velar la n final de
palabra (corazón, etc.), Hay quienes creen que algunos de esos rasgos (por
ejemplo la confusión de r y l) se deben a influencia negra. Es una suposición
gratuita. La verdad es que se da, en general, en casi todas las tierras bajas
de América, y también en Extremadura y Andalucía. Gabriel y Galán, en sus
poesías extremeñas, escribe señol, mejol, peol, invielno, huélfano, etc. La
comedia madrileña se burla del maestro andaluz que dice: «Niños: barcón, sordao
y mardita sea tu arma se escriben con l».
En cambio, las tierras altas de
Venezuela (los estados andinos de Mérida, Táchira y Trujillo), como la región
andina de Colombia y las tierras altas de toda América, pronuncian muy bien, y
hasta con cierto énfasis, todas las consonantes. Un andino se distingue en
seguida de los demás venezolanos por la manera como silba las eses. Hay además
en Los Andes un rasgo lingüístico que sorprende a los profanos: el voseo. Se
dice vos sos, vos tomás, vos tenés, etc., igual que en Colombia, la
Argentina u otros países. Este voseo se extiende por gran parte de los
Estados Lara y Falcón.
También la extensa y rica zona del
Zulia, con su gran ciudad de Maracaibo («la tierra del sol amada», y en verdad
que hay amores que matan), tiene voseo. Pero es un voseo distinto del andino:
vos sois, vos cantáis, vos tenéis, etc. Esas formas son también generales en
Trujillo y penetran en Lara, Falcón y Yaracuy. En todas esas regiones de voseo
son corrientes imperativas como vení, decí, salí, cantá, que proceden de los
antiguos venid, decid, salid, cantad, usados para dirigirse a una sola persona
(la gente cree que se deben a desplazamiento del acento). Esos imperativos se
conservan también en muchos lugares de los Llanos y de Guayana, como resto del
voseo español, que fue general en España y América en todo el siglo XVI.
Tierras altas y tierras bajas se
diferencian además por las fórmulas de tratamiento. En Los Andes todavía se oye
su merced, aunque no tanto como en Colombia y la Sierra del Ecuador.
El andino trata de usted o vusté hasta a su mujer, los hijos o los hermanos
(cuando se enfada usa el vos). En cambio, el caraqueño, el oriental o el
llanero tratan de tú a todo el mundo. En general, Venezuela es tierra de una
campechanía asombrosa. Por fortuna, no existen las rígidas jerarquías de otras
partes ni el figurón, que tantos estragos hace en algunas tierras. El prestigio
hay que ganárselo día a día, y en ese sentido nadie vive de sus rentas. Hay una
simpática familiaridad. El apretón de manos casi no existe: las personas se
abrazan, o se dan palmadas en los brazos. Y por menos de nada un estudiante da
unos cariñosos golpecitos en el hombro a su anciano profesor. El venezolano es,
en general, enemigo de toda solemnidad.
También llama la atención en
Venezuela la gran cantidad de voces de origen inglés (mejor dicho, norteamericano).
No solo las del deporte (sobre todo las del base-ball), de los negocios (desde
chequear, que está desplazando al galicismo controlar), o de la industria (la
petrolera, etc.). Hay una verdadera inundación de anglicismos, hasta en la casa
del más sencillo ciudadano, aun en el apartamento más humilde: el hall, el
living, el pantry, el clóset, el seibó, el estor, sin contar partes más
excusadas. Y no hay que olvidar los anglicismos enmascarados, como las plumas
fuentes, las fuentes de soda y los perros calientes. El más horrendo es el okey
y el más simpático el picoteo: de pick up, el fonocaptor de radio y fonógrafos,
se ha formado picot, y de ahí picotear, bailar al son del picot, y picoteo
‘fiesta donde se puede picotear’ (quizá haya además juego con picoteo, de pica,
asociándolo con parloteo, etc.).
¿Y qué tiene de extraño que haya
tantos anglicismos, si todo llega de los Estados Unidos, en lata, hasta las
frutas tropicales, los refrescos, el cacao y otras especialidades venezolanas?
Con esto del progreso técnico, parece que hay señoras que han encargado sus
niñitos a Nueva York (antes los traían de París) y cualquier día llegan
enlatados, en potes. ¡Es comodísimo!
He ahí uno de los aspectos más
ostensibles de la nueva Venezuela. El léxico está en constante renovación y
marcha con los vaivenes del mundo. Hemos pasado por la época del cabaret, la
boîte, el cognac, el champagne, el rouge, el paltó, el control y la toilette, y
estamos entrando en la del dancing, el cocktail, el brandy, el whisky, el carro
y el chequeo. ¡Cómo cambia el mundo!
Pero más importante, desde el punto
de vista lingüístico, es el sistema de preferencias dentro del castellano
mismo. Amado Alonso decía que todo el lenguaje de Buenos Aires se podía reducir
a dos palabras de signo opuesto: todo lo bueno es lindo, todo lo malo es
macana. En Venezuela todo lo bueno es sabroso: no solo un manjar, sino también
un paisaje, un concierto, una persona, una fiesta, una película, una
conversación, un paseo, etc. Y entre las valoraciones negativas, la que tiene
más peso es la de la mala suerte, lo pavoso. Tener pava o pavita o ser pavoso
es la suprema descalificación. Hay una verdadera profusión de palabras
equivalentes: junto a la pava, la mabita (de ahí mabitoso), la guiña (del
francés guigne) y el mayén (que puede ser verde o floreado), y aun una serie de
términos regionales. Todo venezolano que se precie tiene su lista de cosas
pavosas (es pavoso por ejemplo, un paraguas abierto dentro de la casa, un
sombrero encima de la cama, un zaguán empapelado, encontrarse con un tuerto o
un bizco, etc.), y también de personas pavosas. La contra de lo pavoso es hacer
un ademán típico, y además el cariaquito morado. El lenguaje revela el fondo
supersticioso y juguetón del pueblo venezolano.
Otro rasgo importante es la afición a
los términos genéricos. Todo objeto grande o pequeño, es un bicho (o bicha), un
coroto o un perol (y aun perola). Toda persona, respetable o no, es un tercio
(o terciazo), un o una cifra («Fulano es una cifra valiosa del magisterio»).
Contaba Pocaterra que de regreso de uno de sus viajes le dijo un amigo, que
quería lanzarlo por los azarosos caminos de la política venezolana:
—Tiene usted que ponerse en contacto
con los elementos.
La frase le pareció muy profunda,
porque un político que se precie debe familiarizarse estrechamente con los
cuatro elementos, el agua, el aire, la tierra y el fuego (sobre todo el fuego).
Pero no, el amigo aludía nada más que a los elementos del partido.
Pero no exageremos. El castellano de
Venezuela tiene plena fisonomía americana y puede uno deslizarse plácidamente
por él, no sin algún tropiezo, como por las hermosas carreteras y autopistas
del país. El que maneje el castellano solo por los diccionarios y las
gramáticas puede llevarse sorpresas. Pero el que conozca el habla familiar y
popular de otras partes de América, o el castellano hablado en Madrid o en
Sevilla, se sentirá en casa propia. Porque en Venezuela se habla una variedad
dignísima del castellano. A cada paso sorprende, en el habla familiar, la
extraordinaria riqueza de giros, de comparaciones ingeniosas, de expresiones
pintorescas y metafóricas, la imaginería verbal, la profusión de matices. Y la
prensa y la literatura presentan en general un castellano que puede
parangonarse en dignidad y belleza con el de cualquier país de América. Un
castellano que ha dado una nota muy alta y muy original en el cuento, en la
novela y en la poesía.
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